viernes, 26 de diciembre de 2014

Extracto de: Tratado de los maniquíes o Segundo Libro del Génesis

Nosotros  no  aspiramos  –decía–,  a obras  de  largo  aliento,  a  seres duraderos.  
Nuestras  criaturas  no serán héroes de novelas de muchos volúmenes. 
Sus papeles serán cortos, lapidarios, sus caracteres sin profundidad.  
En  ocasiones  únicamente los  llamaremos  a  la  vida  para  que ejecuten un solo gesto o pronuncien una sola palabra. 
Lo admitimos abiertamente: no insistiremos en la duración o en la solidez de la ejecución, y nuestras criaturas serán casi provisionales, hechas para no servir  más  que  una  vez.  
Si  fuesen seres humanos les daremos, por ejemplo, la mitad del rostro, una pierna, una mano, la que le será necesaria para su papel. Sería pedante preocuparse por la otra –innecesaria– pierna. Por detrás podría, simplemente, hacerse un hilván o pintarlos de blanco. Nosotros pondremos toda nuestra ambición en este soberbio lema: un actor para cada gesto. 
Para cada palabra, para cada acción, llamaremos a la vida a una diferente criatura humana. Tal es nuestro antojo, y ese será un mundo concebido a nuestro gusto. 
El Demiurgo amaba los materiales  refinados, soberbios y complicados; nosotros damos preferencia a la pacotilla. Sencillamente estamos seducidos, cautivados por la baratija, la fruslería y la pacotilla. ¿Comprendéis –preguntaba mi  padre–  el  profundo sentido de esa debilidad,  de  esa pasión  por  los  trozos  de  papel  de colores, por el papier mâché, por la laca, la estopa y el serrín?  Ése es –continuó con una dolorosa sonrisa– nuestro amor por la materia en sí, por lo que ésta tiene de moldeable y poroso, por su ineluctable consistencia  mística.  El Demiurgo,  ese gran señor y artista, hace la materia invisible al hacerla desaparecer bajo los ojos de la vida; nosotros, al contrario, amamos sus disonancias, sus resistencias, su torpeza de golem. Nos gusta ver en cada uno de  sus gestos,  en  cada  uno  de  sus movimientos, su pesado esfuerzo, su inercia y su dulce torpeza (...)

En una palabra: queremos crear al hombre por segunda vez, a imagen y semejanza del maniquí.

Bruno Schulz, Las tiendas de canela fina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario