Nosotros no aspiramos –decía–, a obras de largo aliento, a seres duraderos.
Nuestras criaturas no serán héroes de novelas de muchos volúmenes.
Sus papeles serán cortos, lapidarios, sus caracteres sin profundidad.
En ocasiones únicamente los llamaremos a la vida para que ejecuten un solo gesto o pronuncien una sola palabra.
Lo admitimos abiertamente: no insistiremos en la duración o en la solidez de la ejecución, y nuestras criaturas serán casi provisionales, hechas para no servir más que una vez.
Si fuesen seres humanos les daremos, por ejemplo, la mitad del rostro, una pierna, una mano, la que le será necesaria para su papel. Sería pedante preocuparse por la otra –innecesaria– pierna. Por detrás podría, simplemente, hacerse un hilván o pintarlos de blanco. Nosotros pondremos toda nuestra ambición en este soberbio lema: un actor para cada gesto.
Para cada palabra, para cada acción, llamaremos a la vida a una diferente criatura humana. Tal es nuestro antojo, y ese será un mundo concebido a nuestro gusto.
El Demiurgo amaba los materiales refinados, soberbios y complicados; nosotros damos preferencia a la pacotilla. Sencillamente estamos seducidos, cautivados por la baratija, la fruslería y la pacotilla. ¿Comprendéis –preguntaba mi padre– el profundo sentido de esa debilidad, de esa pasión por los trozos de papel de colores, por el papier mâché, por la laca, la estopa y el serrín? Ése es –continuó con una dolorosa sonrisa– nuestro amor por la materia en sí, por lo que ésta tiene de moldeable y poroso, por su ineluctable consistencia mística. El Demiurgo, ese gran señor y artista, hace la materia invisible al hacerla desaparecer bajo los ojos de la vida; nosotros, al contrario, amamos sus disonancias, sus resistencias, su torpeza de golem. Nos gusta ver en cada uno de sus gestos, en cada uno de sus movimientos, su pesado esfuerzo, su inercia y su dulce torpeza (...)
En una palabra: queremos crear al hombre por segunda vez, a imagen y semejanza del maniquí.
Bruno Schulz, Las tiendas de canela fina.